BOLO-BOLO

BOLO-BOLO”

6:30 am. Empieza a notarse claridad en la habitación. Aún no ha sonado el despertador, pero aquí no lo necesitamos, tenemos nuestro despertador ecológico particular. Jean Claude, el gallo de la Doctora Mireille, nos despierta cada mañana. Consigo dormir un poco más, las pilas tienen que estar bien cargadas ya que nos espera un largo día por delante.

BOLO BOLO

A las 7:00 am saco el brazo de debajo de la sábana y lo estiro hasta alcanzar el interruptor de la luz. Bien. Hoy hay electricidad. Eso significa que Lío (el Doctor Nges) empezará la mañana de mejor humor porque podrá desayunar café y tostadas. Aquí, en Camerún, se encuentra la felicidad incluso en estas pequeñas cosas. Cuando salimos de la casa de voluntarios con nuestros pijamas verdes, nuestros zuecos (que empiezan a adquirir un tono anaranjado por el color de la arena) y nuestros fonendoscopios, nos recibe un increíble día soleado y el ajetreo de una ciudad que empieza un nuevo día. Pero los ruidos de esta ciudad son muy diferentes a los que estamos acostumbradas… y la vida también.

Al llegar al hospital todo son caras conocidas que con enormes sonrisas nos dan los buenos días: “Bonjour Docteurs“. Papá Agustín, un paciente que siempre coloca su silla de ruedas en el punto más estratégico del hospital, desde donde lo controla todo, nos indica con un gesto que el Doctor se encuentra en la planta de arriba, en la planta de los ingresos. A primera hora de la mañana los pasillos están vacíos, pero poco a poco se van llenando de familiares que van a hacer el relevo a aquellos que han hecho noche allí, que no han querido separarse de sus seres queridos y han dormido sobre una esterilla de colores en el suelo. Porque sentir el calor de una madre, el cariño de un hijo o el amor de un abuelo en mitad de la noche ayuda a que la recuperación sea más rápida.BOLO BOLO 2

Pasamos la ronda con Lío, acompañadas por Calvin y Lovette, dos enfermeros que parecen estar siempre felices. Hayan dormido plácidamente toda la noche o les haya tocado turno en el hospital, nunca pierden la sonrisa. Nos detenemos en cada paciente para ver su evolución. Antes de leer la historia clínica miro al Doctor. En la expresión de su cara se puede ver el futuro del paciente. Porque aquí, con los pocos medios de los que disponen, los conocimientos, la práctica y la intuición de un médico son los recursos más valiosos.

A las 9:30 dejamos al Doctor al mando de todo. Ahora el hospital es “suyo”, cualquier urgencia que aparezca, cualquier consulta o imprevisto, será atendido por él, ya sea una fractura de tibia, una cesárea o un leve catarro. Nos recoge en la puerta del Hospital una furgoneta “multiusos”, que se usa como ambulancia, para transportar alimentos o como vehículo de las Hermanas y los voluntarios. Hoy vamos a otro colegio de Dschang para seguir con la campaña que Idiwaka ha organizado para acabar con la anemia infantil en esta población. Tras un trayecto lleno de baches y coscorrones contra las ventanillas, Fèvian, el conductor de la furgoneta, nos deja en la puerta de un pequeño edificio que no parece en absoluto una escuela, sin ventanas y con un hueco en la pared que sirve de puerta. “Por lo menos este cole tiene tejado”, me dice Sor Calista cuando ve que no dejo de mirar a todas partes sin apenas parpadear. Nos recibe una profesora entusiasmada por nuestra visita y muy agradecida por curar a “sus niños”. Y es que son casi suyos, una única profesora para entre 30 y 60 niños que pasan allí la mayor parte de su día. Hoy además nos esperan algunas mamás, dispuestas a escuchar todos los consejos que queremos darles. El aula es una habitación con pequeñas mesas y sillas de madera, una pizarra al lado de la mesa de la profesora y escasos dibujos decorando las paredes. Los niños nos están esperando sentados en su silla, miran hacia la puerta con una mezcla de miedo e intriga y al vernos todos nos saludan al unísono “Bonjour Docteurs!”.BOLO BOLO 3

La clase está llena de niños de entre uno y cinco años que llevan puesto un baby reluciente que intenta esconder ropa llena de manchurrones y zapatos de varias tallas más pequeñas. Los más pequeños se miran las manos con timidez cuando nos acercamos e intentamos sacarles una sonrisa, los mayores se atreven a jugar con nosotras y les encanta verse a sí mismos en las fotografías que sacamos.

Comenzamos la visita dando una pequeña charla. Camino, una enfermera voluntaria que nos contagia a todos su entusiasmo, se apaña para explicar en francés a los niños, sus madres y abuelas que es muy importante lavarse las manos antes de comer, que deben desayunar antes de venir al colegio para estar fuertes y que la dieta debe ser variada, rica en frutas y verduras. Consejos que en España nos parecerían básicos, aquí no lo son tanto e intentamos transmitírselo para que lo aprendan desde pequeños.

Después de la charla, cada una de nosotras escoge un rinconcito del aula donde explorar a los pequeños. Uno a uno vamos mirando a cada niño. Les hacemos una exploración general básica y rápida, no disponemos ni de tiempo ni de medios más que un fonendoscopio, un metro, nuestras manos y nuestros ojos. Me sorprende lo buenos que son todos, casi ninguno se queja y muy obedientemente hacen lo que les pides, pero cuando me detengo a auscultarles el corazón y escucho lo rápido que late me doy cuenta de lo asustados que están. Después de la exploración llega la parte más difícil, para ver sus valores de hemoglobina y darles tratamiento para la anemia en base al resultado debemos hacerles un pequeño pinchazo en la yema del dedo. En cuanto ven la aguja me miran con cara de susto, pero de nuevo, solo los más pequeños se quejan y es que saben que al final del todo se llevarán un “bolo-bolo” del color que escojan como recompensa. Los globos de colores, algo que en “nuestro mundo” puede incluso pasar desapercibido, para ellos es el mejor regalo que les puedas dar y lo cuidarán como si fuera su juguete más preciado durante toda la semana. BOLO BOLO 6

BOLO BOLO 5Hacemos el recuento de los niños que deberán empezar tratamiento con hierro por los valores tan bajitos de hemoglobina que tienen y nos sorprendemos al descubrir que más de dos tercios de ellos no llegan a la cifra mínima que habíamos marcado como límite en la campaña. Niños que apenas comen una vez al día (dos veces los más afortunados) y que se encargan de cuidar a sus hermanos pequeños, llevándolos en brazos durante el largo camino que hay desde sus casas a la escuela. Niños que recuperan su inocencia cuando reciben un globo, unos lápices de colores y unas pegatinas.

El viaje de vuelta a casa siempre es silencioso. Llevo ya unas semanas en Camerún y los paisajes me siguen sorprendiendo. Los largos caminos teñidos de naranja por la arena se alternan con colinas de un verde exótico y el cielo es más azul de lo que nunca antes había visto.BOLO BOLO 4

Me gustan estos momentos de silencio. Miro por la ventana y me doy cuenta de lo afortunados que somos y lo poco que lo valoramos. Pero no tengo mucho tiempo para pensar, porque en cuanto llegamos el Hospital volvemos al trabajo, esta vez a la sala de pediatría. Hoy tenemos pocos niños ingresados. Está Stef, el niño más feliz que he conocido en mucho tiempo. Lleva ya varios meses en el hospital y recibe el cariño de todo el personal y de todos los demás pacientes. Es mi paciente favorito, sería imposible que no lo fuera con esa risa tan contagiosa y esa mirada tan sincera. En otra cama está Randy, un pequeño de apenas cinco años al que Lío diagnosticó de malaria en cuanto entró por la puerta de la urgencia. A este Doctor no se le escapa una.  Randy nos pegó un pequeño susto uno de los primeros días del ingreso, pero hoy ya come, corre por los pasillos y sonríe con sus pegatinas nuevas.

La tarde es más tranquila. Si no hay ninguna urgencia nos marchamos a casa, que se encuentra a cuatro pasos del hospital. A media tarde, y como cada día, aparece Gabriel, un niño de siete años que tiene las manos siempre sucias y al que le encanta sentarse a dibujar en la mesa de la terraza mientras nosotras leemos. Con cuatro colores y un trozo de papel hace unos dibujos dignos de exponer en un museo y antes de marcharse a casa nos devuelve los colores “por si otros niños quieren utilizarlos”, nos dice.

Los días como hoy me hacen reflexionar. La gente de Camerún es increíblemente amable y generosa y no dudan en compartir contigo lo poco que tienen. Incluso los más pequeños. Queda mucho camino por recorrer para que niños como Gabriel o Randy tengan los alimentos necesarios para crecer, estar fuertes y no enfermar, para que enfermedades tan fáciles de tratar en un hospital europeo, como una gastroenteritis o una neumonía, no deje a una familia camerunesa sin padre y para que todas las casas tengan agua corriente y electricidad. Pero a nosotros también nos queda un largo camino por recorrer y mucho que aprender de la gente de Camerún, de su hospitalidad, su amabilidad, su fuerza y valentía y su felicidad con las cosas sencillas de la vida. Las que de verdad importan.

Ana.

 

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s