“Ashia”

“Ashia”, probablemente la palabra que más he escuchado en mis días en Widikum, ese pequeño pueblo de la selva camerunesa que ha dado una nueva perspectiva a mi forma de ver la vida. Una especie de “ánimo” en castellano, que es uno de los mejores reflejos de la gente que me ha rodeado el tiempo que he estado allí, tirando para adelante con lo que les viene, llegando a rozar el conformismo, y sin perder la sonrisa de la cara. Puedes escuchar decírselo a un enfermo camino del quirófano, a un niño al que se le agarra fuertemente la mano mientras le coses una herida (sin anestesia, allí están hechos de otra pasta); o recibirlo cuando tu cara no puede ocultar el cansancio de un largo día de trabajo en el hospital. Pero también cuando estás atravesando la selva con el ligero peso de una minúscula mochila a cuestas y te lo dedica una mujer cargada con cientos de plátanos a sus espaldas junto con su mejor sonrisa (y la gracia que me hace pensar que es ella quien me lo dice a mí y no al revés).

luc 1.png

Camerún me ha enseñado a valorar cosas que en Madrid no valoraba, desde tener agua por el simple hecho de abrir el grifo hasta conocer la hora exacta de salida de un autobús que tienes que coger, pasando por tener un hospital a cada pocos kilómetros por si algo pasara. Cosas que mejoran enormemente nuestra calidad de vida, pero sobre todo me ha enseñado a restarle importancia a pequeñas cosas que cuando suceden aquí consiguen que se nos tuerza el día, y allí me pasarían desapercibidas, ya que hay cosas mucho menos banales de las que preocuparse. Ojalá no se me olvide nunca esta sensación que me hace afrontar mis días de forma diferente.

luc 5

En el viaje en el tiempo en el que te embarcas en tan solo 6 horas de avión, una de las cosas que más llama la atención es el contraste. En muchos aspectos diferentes, como encontrarte, en la chabola que hace las veces de tienda de ultramarinos, un ordenador de última generación; o cruzarte con mujeres cargadas con cántaros de agua sobre la cabeza que van hablando por un móvil y llevan otro en la mano.

En el hospital contrastan también los gritos y danzas por un nuevo nacimiento que llenan de alegría el patio del recinto con las voces desgarradoras por un fallecimiento, que pueden durar horas. Porque allí todo se celebra con gritos y bailes, tanto las buenas como las malas noticias.

Pero sin duda, el mejor recuerdo que me llevo de mi estancia allí son los pequeños detalles que me sacaban una sonrisa a lo largo del día y me hacían disfrutar de aquello de una forma especial, como el agradecimiento de un paciente postoperado, o la carcajada de un niño ingresado que se recupera. Las sobremesas de café escuchando las aventuras de la vida de las monjas (menudas heroínas); la colleja que hace las veces de saludo de Sor Nieves; las cervezas con la partida de cartas de rigor en el bar de enfrente del hospital mientras recibo una sesión de peluquería de Neville, el hijo de la dueña, al que tanto le llama la atención nuestro pelo; las conversaciones hasta tarde con el doctor César, que tan afortunada me hacían sentir de poder preguntar cualquier inquietud que me surgía sobre su cultura y tener de narrador a alguien como él, para terminar casi siempre en una disputa de fútbol…

luc 4

Por todo esto entre muchas otras cosas, no dudo de que mi marcha de Widikum ha sido un “hasta luego” y no un “adiós”, porque en contra de lo que puede parecer, esta experiencia te sirve a ti más de ayuda que la que tú les puedes brindar, y eso, sin lugar a dudas, engancha.

Por Lucía O.

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s