Freedom

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Después de un mes y medio de vida Africana empecé a echar de menos España. He podido pasar dos días sin agua, sintiéndome afortunada de al menos tener la posibilidad de ir a coger agua con cubos al pozo del convento. La luz se va día sí y día también. A veces para el desayuno toca conformarse con un colacao de leche en polvo que se queda con grumos, porque no se disuelve sin agua caliente, y unas tostadas frías. Pero aun así me siento con suerte porque tengo algo para comer. Pero a pesar de estas dos carencias básicas como la luz y el agua de vez en cuando, esto no ha sido lo que me ha hecho acordarme de España. Porque si por la noche no hay luz te puedes salir al porche de casa a observar la luna que se esconde entre las nubes, o te pones a leer con una linterna, o te pones a escuchar a tu compañero tocar la guitarra. Si te falta el agua, cambiamos un gimnasio, por un par de cubos de agua y… ¡a hacer brazos!

Lo que realmente he notado en falta es la libertad. Salir a la calle a dar un paseo y que todos te miren. Que griten “whiteman” a cada metro que andas. Que te paren para venderte lo que tengan en sus puestos doblándoles el precio, o que se acerquen para decirte que sería muy buena la combinación de una blanca y un negro para tener hijos… Las relaciones son tan diferentes, tan frías. La mujer está para tener hijos. En muchas ocasiones vienen las madres a parir al hospital solas, mientras el padre está trabajando o en el bar. Con suerte a veces aparecen para conocer al bebé, pero en la mayoría de los casos vienen para pagar la cuenta una vez que se ha dado el alta y se van con su mujer y su nuevo niño a casa. Es raro ver un hombre y una mujer caminando juntos por la calle. Los hombres van con los hombres, y las mujeres con los niños o entre ellas.

Pero cuando me paro a reflexionar me invaden a la mente todas esas sonrisas que les salen desde dentro cuando te saludan tendiéndote la mano con fuerza. Esos niños llenos de barro, pero a la vez llenos de vida que te siguen corriendo mientras gritan, como si no hubiera un mañana, hasta que hayan conseguido sacarte un saludo. O esos niños que simplemente echan a correr para tirarse encima tuya y darte un abrazo. Hermanos grandes cuidando de los más pequeños. Madres que con una mirada llena de brillo te agradecen que estés cuidando a su pequeño y padres callados y cabizbajos sufriendo por las vidas de sus hijos.

Aquí en África estoy encontrando otro sentido a la palabra LIBERTAD. La libertad me viene cuando voy subida en una moto por caminos destruidos, y respiro un aire que te llena los pulmones de vida, observando un paisaje increíble. Libertad cuando voy saludando a todos los que pasan a mi alrededor y recibo una sonrisa. Libertad cuando nace un bebé y tiene su primer llanto. Libertad cuando las monjitas del hospital me dan un abrazo y me hacen sentir como en casa. Libertad cuando escuchar la palabra “ashia” se ha convertido en consuelo, sedación y ánimo. Libertad porque he elegido vivir esta experiencia. Libertad sintiéndola desde dentro y no desde fuera…

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Si tuviera que identificar lo que esta experiencia me está haciendo sentir, vivir, lo haría con esta frase que leí en un cuaderno en la casa de voluntarios: “Llevad la sonrisa en los labios, y la humildad en el alma” de Santa María Soledad.

Lourdes Montiel Peñalver.

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