Reconocer el límite

Reconocer el límite.

Desde que he llegado a Widikum han pasado las semanas tranquilas. Pacientes con malaria, clínica de embarazadas, algún parto y alguna cesárea de urgencia con final feliz. Pero esta semana he podido sentir la frustración de no poder hacer más, de tener que aceptar que un caso que en España sería “fácilmente tratable”, aquí se convierte en un reto difícil de superar.

El pasado miércoles me avisaron de que la noche pasada había ingresado un niño con la espalda quemada y que necesitaba “intensive care”. Cuando fui a verlo, me encontré un niño de dos meses con el 50% de su cuerpo quemado con agua caliente. Había perdido la vía y se le había ido la cura, así que me uní con el resto de las enfermeras a intentar coger una vía. La tensión y el estrés que se respiraba era intenso, el niño lloraba de dolor, la quemadura estaba al aire libre y las posibilidades de coger una vía eran mínimas debido al estado de deshidratación en el que se encontraba, aunque a eso le sumábamos que no disponíamos de mucha superficie corporal debido a que sus extremidades también se encontraban quemadas. Tras bastantes intentos, canalizando una vía que al segundo se colapsaba y se rompía, volvíamos a estar como al principio. Después de un rato tuvimos que pasar a un plan b, rehidratar al niño por sonda nasogástrica con la esperanza de que ganara volumen de líquidos.

Si coger una vía era un reto, curar la quemadura también lo supuso. Debido a los recursos de los que disponíamos, la cura se hizo con aloe vera recién cogida y con unas medidas de asepsia mínimas. Así sumábamos a la deshidratación el riesgo de que el bebé acabara presentando una sepsis.

Pasó un día y seguíamos sin poder canalizar una vía. Le hidratábamos por sonda, y le dábamos leche materna por boca para calmarlo, pero el niño continuaba irritable. El dolor y el riesgo de infección no podíamos disminuirlo sin una vía. La siguiente noche me la pasé subiendo y bajando de casa al hospital. Fui viendo su evolución, me pasaba las horas junto a su cuna, y a pesar de todo esfuerzo, era frustrante ver cómo iba empeorando. A la mañana siguiente llegó el momento de admitir que en nuestro hospital no podíamos hacer más, se necesitaba canalizar una vía central y no disponíamos de los medios necesarios, así que tuvimos que derivarlo a otro hospital con más especialistas y más recursos.

Me sentí como si hubiera fracasado. Pensé en España y sólo me venía a la cabeza que allí hubiera sido más fácil. Pero llegamos al límite, ese momento en el que no queda otra que aceptar que no puedes hacer más, y ese límite nos golpeó el tercer día viendo como el niño empeoraba. Lo único que pude hacer, fue sentarme junto a la mamá que sostenía al niño en brazos, abrazarla y decirle que lo sentía por no poder hacer más por su hijo y que esperaba que en el otro hospital encontraran el modo de que no sufriera y sacarlo adelante, mientras se me escapaban algunas lágrimas…

Esta historia la escribí hace más de dos meses pero no me atreví a publicarla hasta que supiera algo del bebé después de haber estado preguntando y nadie saber nada. Pero hace unas semanas me dijeron que el bebé había vuelto a casa y estaba bien. A los días alguien tocó en la puerta de casa buscándome, era el papá con el bebé en brazos. En ese momento me invadió en la cara una sonrisa de felicidad y cogí al bebé en brazos para sentir que era real.

A pesar de demostrarles que la sanidad en los hospitales le había salvado la vida a su hijo, el papá nos mostró la piel quemada que se encontraba ahora blanquita tras la cicatrización. Pero lo que nos llamó la atención fue que una vez en su casa, una zona pequeña de la espalda no había cicatrizado así que habían utilizado la “countrymedicine” del pueblo y le habían puesto un injerto de piel de animal. He de decir que en esos momentos sentí desesperación  al ver que no entendieron los riesgos de recurrir a la “countrymedicine”…

Pero luego, cuando lo piensas… no sabes si reír de lo inimaginable que puede ser si no lo vives.

limites

Lourdes.

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