TWINS. DEDICADO AL DÍA DE LA ENFERMERÍA.

Hoy por el día de la enfermera me he decidido a enviar algo que escribí hace tiempo.

Como enfermera tuve la suerte de conocer uno de los milagros que pueden suceder en la sanidad. Viví la frase que tanto escuché en la carrera, la enfermería es “el arte de cuidar”.

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El día que cambié el billete de avión para retrasar mi estancia en Cameroon, llegaron a mis brazos dos prematuros con 28 semanas. La mamá había empezado de parto en casa y le fue imposible venir al hospital. En un principio no lo entiendes, piensas que no son conscientes del riesgo que tiene parir en casa solas, pero a medida que vives allí lo entiendes. Los caminos por los que tienen que venir no son transitables. En el caso de esta mamá el viaje suponía 45 minutos en coche, otros 15 minutos en moto, atravesar parte de la selva haciendo “trecking” durante 30 minutos más y atravesar un río en balsa. Todo esto lo entendí el día que me invitaron a su pueblo, Tafu, dos días después de irse de alta.

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Aquellos prematuros llegaron envueltos en una manta que les multiplicaba el tamaño por mucho, pero con unas ganas inmensas de aferrarse a la vida. He visto sus primeras sonrisas y he tomado sus primeros achuchones de sus diminutas manos, sintiendo el calor que dos cositas tan pequeñas pueden desprender. Pasé semanas en aquella habitación viendo como los bebés tomaban sus primeros baños pasando del enfado a acabar disfrutando de ellos. Cómo en un principio les alimentábamos por sonda nasogástrica hasta que pasaron dos o tres semanas y empezamos a darles el biberón. Sus primeros biberones vinieron con algún vómito y con el miedo de que pudieran aspirarse. Con ellos aprendí a tener paciencia y a mantener la calma en situaciones de miedo y desesperanza. A compartir con la mamá sus preocupaciones y que sintiera en mi un apoyo. Porque las semanas iban pasando y superamos el primer problema que presentaron que fue la inmadurez de los pulmones. Después alimentarlos y por último que cogieran peso. El peso fue lo más agobiante quizá, porque pasaban las semanas y ellos iban cogiendo entre 100 a 300 gramos por semana. Había que ir aumentando poco a poco las tomas para evitar la complicación que más respeto y agobio me daba, la aspiración. Pasaron 2 meses y dos días y les dimos el alta. Salieron de las incubadoras y dejaron de ser prematuros y empezaron a ser bebés.

Así después de aquellos meses, salieron del hospital Daniel y Lourdes Daniela.

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Pero esto fue un posible de los muchos imposibles que podían suceder. Y me siento afortunada de haber podido formar parte de esa historia con final feliz. Sin embargo también me gustaría recordar a aquellos que no llegaron a irse de alta… y también haber tenido la suerte de compartir sus últimos momentos de vida, cuidándolos siempre con la esperanza de que “tienen” que salir adelante porque son niños, pero no sucede así. Y al día siguiente te buscan los papás con sus miradas tristes y te regalan una piña con una sonrisa tímida para agradecerte haber hecho todo lo posible por su pequeño. U otro día te derrumbas porque eres humana y comienzas a llorar mientras la mamá se acerca y te dice gracias por intentarlo, pero Dios ha querido que fuera así. Sin embargo soy yo la que les doy las gracias por confiar en mí como enfermera y dejar lo más valioso para ellos en mis manos.twins

Lourdes Montiel.

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