Día 1 en Camerún.

Cuando le cuentas a alguien que te vas a un lugar perdido en medio de la selva a trabajar a un hospital la gente te admira y te dice que qué persona más buena eres y que vaya sacrificio haces.

Sí que es de admirar, pero la buena gente no se define haciendo algo así, y lo de ser un sacrificio, a medias. IMG-20180222-WA0014

Ale, Antoine “et moi” empezamos a currar hoy en el hospital Saint Vincent de Paul en Dschang (región oeste de Camerún) con mucha incertidumbre de saber con qué nos encontraríamos y cómo podríamos comunicarnos bien con ellos, con todos, incluyendo nuestros futuros compañeros de trabajo para los próximos 2 meses.

La noche anterior la habíamos pasado en el hospital “Notre Dame de la Santé”, también en Dschang, pero en un hospital más preparado y dirigido por una congregación española, por lo que nos recibieron en nuestro idioma, gran diferencia, y nos sentimos más en nuestra “confort zone”.

A Saint Vincent llegamos ayer y conocimos a una persona tan importante que si te lo cuento ahora no lo vas a entender. Porque a mí me lo contaron el año pasado y pensé: “sí, vale como muchos otros”.

El es un médico de aquí, refugiado llegado a Camerún a pie desde su país natal, Ruanda, hace unos diez años.

No te cuento más porque ni tengo palabras para definirle. Sólo diré que cuando le conocimos tomamos un respirillo y supimos que estando él cerca todo sería más fácil.

Por la noche, la primera noche, vino a vernos a casa con un par de cervezas que le habíamos dicho que íbamos a comprar. Pero pensó que al ser blancos y ser ya de noche no las encontraríamos. Fluyó una conversación bastante inesperada de éstas que te hacen sentirte muy mal por dentro, ver la vida con otros ojos y sentirte culpable por darle demasiada importancia a cosas que no la tienen.

En fin, estaba claro que nos encontraríamos con ese sentimiento estando aquí, y sólo llevamos tres días!

Tampoco hay palabras para el hospital y la gente, que nos recibe como ni siquiera merecemos, admirando nuestro color de piel como si eso supusiera ser más poderoso o tener más sabiduría.

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Acostumbrándonos a patologías más comunes aquí como VIH y sida…, malaria…, pasando a un papel secundario otras como la insuficiencia cardíaca y la artrosis.

El Centro de Niños Discapacitados donde pasamos la tarde es admirable. Tienen unos 16 niños que dependen apenas de dos-tres trabajadoras para cuidarles y darles de comer individualmente. Te puedes imaginar, apenas dan de desayunar al último, ya están dando de comer al primero y a la vez cambiando el pañal al tercero.

Hay afortunados que tienen la suerte de correr, otros de poder al menos caminar, algunos pueden ver La Luz de la calle únicamente si les llevan sus amiguillos en silla de ruedas y otros sólo dependen de estar atados a la silla por su enorme atonía que no les permite ni siquiera comer.

Con los más activos, juegos de campamento. Con los menos, unas caricias en la carita y su boca te sonríe como queriendo decirte gracias, queriendo comunicarte algo.

Cuando alguien me pregunte otra vez que qué hago aquí, diré que mi presencia aquí no es imprescindible, ni la mía ni la de nadie. Ellos viven y conviven y se apañan con lo que tienen. Agradecen montones que vengamos y compartamos opiniones con ellos. Incluso los médicos tienen muy en cuenta lo que pensamos a la hora de diagnosticar y tratar.

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Pero de la que venimos, volvemos a marchar y ellos quedan en la misma situación.

Sólo necesitan empujoncitos enormes que dan asociaciones como ésta.

@idiwaka.

Cristina Gallego de Largy.

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